Walden
Abril 15, 2007Hace poco tiempo, un indio itinerante fue a vender cestas a casa de un conocido abogado de mi vecindad. ¿Quiere comprar cestas?, le preguntó. No, no quiero ninguna, fue la réplica. !Cómo¡, esclamó el indio mientras salía por la puerta, ¿Quiere que nos muramos de hambre?. Habiendo visto que a sus laboriosos vecinos blancos les iba también, que el abogado sólo tenía que tejer argumentos y que por cierta magia le seguía la riqueza y la reputación, se había dicho a sí mismo: me dedicaré a los negocios, tejeré cestas; es algo que puedo hacer. Pensó que cuando hubiera hecho las cestas habría cumplido su parte y luego la del hombre blanco sería comprarlas. No se dio cuenta de que era necesario convencer a los demás de que valía la pena comprarlas, o al menos hacer creer al otro que así era, o hacer algo más por lo que valiera la pena comprarlas. Yo también había tejido una cesta de delicada textura, pero no convencí a nadie de que valiera la pena comprarla. Sin embargo, no pensé que no mereciera la pena tejerlas y, en lugar de estudiar cómo conseguir que los hombres creyeran que valía la pena comprar mis cestas, estudié cómo evitar la necesidad de venderlas. Sólo hay un tipo de vida que los hombres alaben y consideren lograda. ¿Por qué deberíamos exagerarlo a expensas de los demás?
Henry David Thoreau

